Dueños de esquinas, vendedores que desafían su feroz realidad
La informalidad laboral es un fenómeno que excluye a las personas de la Seguridad Social y los obliga a vivir en la vulnerabilidad, convirtiéndose en un sello de la desigualdad social y las carentes políticas públicas
Por Jeni Polanco Castillo
Jennypc03@gmail.com
Dice un proverbio bíblico que “cada día tiene su propio afán”, realidad
que palpan muchos vendedores ambulantes cuando no saben la contabilidad de las
ganancias que harán al día siguiente, o si el mañana será mejor que el hoy,
pues las ventas varían y los dados de la suerte giran tal cual montaña rusa que
solo sabe de inestables emociones y tienta a la valentía y al desafío, medidos
por la necesidad, porque falta el pan en la mesa en esta cortedad que toca las
puertas en un perenne desvelo.
Testigo y dueño de las esquinas del municipio Santa Cruz, es “Julio
Jugos”, uno de los tantos mercaderes que se encuentran con el alba, a las 7:00 de la mañana para zarpar su turbulento día
en las calles de El Seibo. Cambió la ubicación de su puesto como la más
acertada de sus decisiones, pues la pandemia del COVID-19, no le dejó otro
periplo, le alejó los clientes, los atemorizó, y los jugos de Julio, pasaron de
ser un elixir al paladar del transeúnte, a convertirse en pócima de cuento de
terror.
Ahora su esquina es restringida,
pero más concurrida. Son pocos los que se dejan tentar por el sabor del trópico
en los jugos de Julio, pero mientras avanza la mañana, ya por las 10:00, Julio
sabe que a algún cautivo de la faena diaria y del sin vivir constante, se le
olvidó desayunar y acude a su cocina rodante de color gris y grandes jarras,
para catar las exquisiteces culinarias que con tanto agrado salen de la casa de
Julio y de las que penden una familia de cuatro hijos.
Este provocador del destino, prepara las empanadas y las arepas la noche
anterior, pues según él le ahorra mucho tiempo en un desdichado empleo en el
que sobrevivir depende de cuánto hagas durante el día. Su promedio de ventas
eran 600 pesos diarios, los cuales distribuye entre el pago de alquiler, los alimentos,
los servicios básicos como la luz y el agua y lo demás para mantener el negocio
en pie frente a los infortunios y malas pasadas de la vida que le tocó vivir.
A las 12:00 del mediodía, justo cuando el inclemente sol del Caribe,
convence a los incrédulos y enerva a los de camino, hace su trayecto de regreso
Melquiades del Orden. Dice que “ya no está en edad para matarse tanto”. Con su
carreta llena de cocos que compra para vender a los requeridos de esta exótica
y balsámica bebida, decorada con varias ramas de jobo y una sombrilla que lo
cubre de los rayos del astro sol, con su pintoresca personalidad y
desafortunado atuendo, ese que le prestó la vida y que usa con frecuencia,
recorre la avenida principal para obtener los recursos con los que mantener a
su madre y a su ya envejecida figura mortal.
58 años pesan en sus costados y en sus atenuadas piernas que reclaman con frecuencia cada marcha que dibuja el sendero de Melquiades, por intercambiar un coco con 35 infelices y apetecidos pesos. “Hay días donde no se hace casi nada y otros en los que se hace algo más. Solo me quedo aquí hasta las 12, de ahí me voy a mi casa. Ya a esta edad uno no puede matarse tanto, termina uno de vivir con lo que Dios ayude”, cuenta mientras la jocosidad y el brillo de sus ojos verdes picarones, penetran en las pupilas de un cliente sediento, en tanto Melquiades vierte el hielo y el azúcar para preparar la bebida que en complicidad con sus piernas y la poca energía de su cuerpo marchito y jadeante que ansía ver avanzar la mañana en que su acarreador le reconozca descanso.
Pero existe un verdugo, el desempleo, a quien se le puede incriminar por
los sombríos estilos de vida de quienes como Julio y Melquiades no salen en la
prensa rosa ni se palpan en las historias de los diarios que creadores
mediáticos rehúsan y pasan a la página
de los desfavorecidos, protagonistas del olvido que no suman ni restan en la
esquina del poder ni se pasean en la tela araña de los emprendores que fundan y
hacen grande a una nación y que juzgan a la exclusiva e irreversible elección
de los informales.
Las esquinas y aceras de El Seibo, son fieles deponentes de un
empobrecido y agonizante manejo gubernamental con los que rosan de frente en la
aventura de sobrevivir y persuadir a un comprador ambiguo. La cereza del
pastel, la coloca el Programa de las
Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que explica la tasa de desempleo en
esta Macondo del Este y que es de un 55.41%, lo cual justifica que una gran
parte de la población laboriosa, zarpe el barco que le da de comer en las
calles que se prestan como un nidal que aguarda al regreso de avecillas
viajeras.
A las 7:00 de la noche, Constantino Espinal, tira la toalla, exhausto en
su esquina de la vía Juan de Esquivel, donde coloca los víveres y cítricos que compra para revender. Fugitivo
de una vida en la albañilería, le resta ahora ver el sol caer en la compañía de sus rubros, ya que a
esa hora, resulta casi inverosímil que alguien se acerque a comprar las
suculencias de la cena, con una gran variedad para elegir entre los de las
canastas y los de una pequeña mesa que colocó para complacer a su estirada
silueta.
Espinal sabe que la suerte no viaja sola y que debe acompañarla la
constancia, la paciencia y el esfuerzo. Ocupa su puesto de lunes a domingo,
pues no hay descanso cuando se tiene cinco hijos en casa. Lleva alrededor de un
año siendo el protagonista de su propia historia, manchada con la decencia de
que no existe deshonra para quien trabaja de sol a sol en un mercadillo
ambulante.
“Las ventas han bajado mucho, pero me mantengo firme, porque si no vendo no como y mi familia espera ese dinerito todos los días para poder subsistir. Esto sube como baja, pero no hay otra salida”, relata en tanto espera que las compras mejoren.
Afanados, ellos, los intérpretes de la informalidad, sacudidos por las
carencias, sin derecho a un galardón más que la vida misma, apabullados, pero
imperiosos para esta economía que reniega de su presencia, en un sistema que
les distingue como seres de segunda adonde la inequidad les abriga a la puerta
de la tercera edad, sin compensación ni futuro prominente, confinados en su
propio escenario mediante una alternativa de doble filo.
Créditos: Grupo de Medios EB, periódico regional El Tiempo
Redacción: Jeni Polanco Castillo

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