¡El coro y la junta en tiempos de Covid-19!
Por Jeni Polanco Castillo
Jennypc03@gmail.com
El dominicano es afable en
demasía, es corista, cherchoso, parlanchín; es trascendío, le gusta la fiesta,
es amante del baile cosa que ha tenido que pausar y posponer para cuando la
crisis sanitaria de la Covid-19, le permita un chance, pero eso no ha impedido
que, durante este Estado de Emergencia, que se ha prolongado por varios meses,
desde marzo de este año, coarte su necesidad de compartir al dominós, al
bachateo en las esquinas de las aceras o en los patios de los vecinos,
independientemente o no, del toque de queda.
La prueba de fuego más importante
donde se aprobará su comportamiento y su capacidad de obediencia, la tendrá
este mes de diciembre, un mes festivo y enteramente de pasarlo en familia, no
obstante, para algunos que perdieron a un familiar por Covid-19, o que lo mantienen
ingresado en una cama de hospital, no será igual, sino atípico, doloroso y
nostálgico.
Las medidas de seguridad no se
adaptan a todos, existen dos grupos: están los que no las acatan por libertinos,
y los que no pueden acatarlas porque los recursos no están a su alcance, pues
una mascarilla N95 está sobre los 300 pesos y, aunque se crea que la vida vale más,
en asuntos de posibilidades y escasas alternativas, no hay mucho por decidir.
El ser humano siempre ha sido un sujeto
que necesita vivir en convivencia, desde tiempos ancestrales. La convivencia es
una necesidad humana, porque desde nuestro nacimiento necesitamos de la
compañía de otros seres de nuestra misma especie. Los primeros hombres y
mujeres se agruparon como hordas, es decir, se juntaban momentáneamente para
satisfacer sus necesidades más básicas, iban de aquí para allá sin establecerse
en ningún lugar. Estos primates, intercambiaban, hacían inventos y se
organizaban en clanes.
Convivir, forma parte de nuestra
naturaleza, aunque implique riesgos y se tengan que arrogar consecuencias severas
como la muerte, pero muchas veces, guiados por la inconsciencia de vivir el
hoy, la incredulidad de un mañana que lamentar y por la influencia de grupos,
nos dejamos arrastrar. El coro y el junte se ha vuelto una normalidad en los
barrios dominicanos y en las llamadas zonas de estirpe, donde viven los de
mayores posibilidades, hasta los más conservadores que guardaron cuarentena
fielmente, están hoy tomando un vuelo al extranjero.
En mi campo decían que “el que
por gusto muere, la muerte le sabe a gloria”, y ese es un dicho de un uso muy
marcado en nuestro país, donde muchas veces, es mejor asumir un trancazo que no
gozar un gustazo y, este es el gran dilema que pondrá en jaque al Gobierno
dominicano, decidir si dar soltura a los dominicanos, enfrentándose a un
descontrol de casos con contagios de Covid-19, o darle un chancecito a un
pueblo que está cansado del confinamiento. Además, de la debilitada economía de
los pequeños empresarios.
Muy separado de la decisión del
Gobierno y, de lo que cada uno al final haga por su propia cuenta, un poco de
reflexión no nos viene mal junto con la continuidad del uso de la mascarilla,
por ejemplo, que quizás no sea mucho pedir para quienes creemos que cuanto más
acatemos las medidas, más rápido podremos volver. Volver a las aulas, volver a
las reuniones, volver a la diversión, volver a estar en familia sin temor a
infectarnos y que un abrazo deje de ser un arma letal, para volver a retomar
nuestras medias vidas.
Redacción: Jeni Polanco Castillo
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